Sálvame de la sed, entra
tus aguas por los brocales
de mi alma, cruza a raudales
mis ánforas, pero adentra-
las de espumas, pero encuentra-
me el vacío, pero abraza
esta oquedad; la casa
es un temor hondo y seco
hasta los topes, y el eco
no me ampara, y la fe pasa
de largo y la vida…¡Dios!,
¡debo creer, debo creer!, llena
mis cántaros con tu vena
inmensa, junta la voz
a que pulse cerca; los
golpes del agua son claros
de gracia, ojos de faros
en la eterna noche, presta
a este sediento la cresta
de un río, y da los amparos
de todas tus cuencas; quiero
que me colmes, poro a poro
¡oh!, plenitud, trae el coro
de tus surtidores, quiero
que lo invadas todo; otero
y arpas de mis galerías,
estas ánforas vacías
y este temor hondo…, sálva-
me de las ausencias, alba
de mis faros, cuencas mías.
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