No suelo meditar como Darío
en ondinas y ninfas de los mares;
no sueño vagar por viejos altares
que copan de extrañeza el sueño mío.
No muero imaginando que detrás
de la vida crece un árbol, no espero
una resurrección en el granero,
sino un sombrío cuervo, un “nunca más”.
No vivo engendrando opacas criaturas
debajo de las piedras, y si evoco
el camino a Betania, y si trastoco
el mito que en Marta reaparece,
es por la luz que nace en ella y crece,
es por la cruz que ensancha mis cisuras.
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