Homilías y cantares después del diluvio


I
Mi vieja quedó asomada
a las aguas, entretanto
me volví distancia, llanto,
miedo, noche, barca echada
sobre el tropel de la nada;
salvé mis hijos, mi esposa,
mis sueños; pero en la acuosa
prontitud teje mi vieja,
náufraga soledad, queja
insalvable, dolorosa
hasta mi remordimiento;
asomada a las cuarenta
noches que el agua revienta
pozos surtidores, viento,
quedó mi vieja y presiento
como la evasiva cruel
nos desampara; si infiel
Noé que ya no recuerde
mi arca maternal y verde;
años que vertieron miel
en los rostros y el hogar
donde ciñen los abuelos,
salvé paz y no consuelos,
salvé mis libros del mar,
pero no el cuento, el cantar
de mi vieja, “pobre amor,
pobre amor”, ¿y este dolor
cómo lo salvo?, asomado
al tropel…desamparado…
¡mi vie...! ¡Noé… ¿y este horror..?

II
Amada del tiempo, viendo
desgajar mi tiempo, nunca
el fénix muere ni trunca
mi quebranto, irá volviendo,
casi un dios encarneciendo,
casi oráculo, presiente,
los finales, de repente,
salta en alas mi dolor,
nada salva, “¡pobre amor,
pobre amor!”que eternamente
ausente; ves desgarrar
el tiempo, agrietar los muros
más soberbios y más puros,
casi zarpadas de mar,
casi diluvios; ¡amar,
amar al fénix!, virtud
de ala en la espesa inquietud
del vegetal, pero nada
salva mi dolor, amada
del tiempo, en la improntitud.

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