En el penúltimo día de una casa

                                                                                       “Con un poco de cal yo me compongo
                                                                                              con un poco de cal y de ternura”

                                                                                                          Dulce María Loynaz 

                                Para nuestra Nancy Leal (La más leal de los seres)
 
Vecinas mías, levantadas desde hace innúmeros de soles, 
desde cuando las carretas volvían de los mangares de Managua,
y el polvo, y un olor de mula enferma
se nos prendía desde la puerta a la garganta;
vecinas mías, ha sido duro el martillar y las brazadas de amargura;
desde nuestros portales silenciosos que aún parecen pupilas rejuvenecidas
hemos sufrido tantas veces al ver partir el féretro de nuestros ocupantes,
y así, sentir enturbiarse los días y estos vientres de salones en congoja;
mírenme, vecinas,
en mis entrañas hubo siempre un zumbido de balada alegre,
y un aroma nupcial de tamarindo y uvas;
acá un señor subía en las mañanas a lanzar palomas desde mi azotea,
ustedes las vieron volar, adueñarse de la ciudad,
y posarse amorosamente en el alero de alguna de nosotras.
La señora era feliz por aquellos días,
y la vajilla ostentaba un esplendor de almuerzo valenciano;
muchas veces la vi con ojos encendidos
mirarle el torso de labriego curtido a plomazos de sol;
pero, vecinas, un día nos abandonó a las dos,
y ella se subió a la azotea a mirar las nubes,
y se hizo de noche… y llegó el otoño a mis paredes
y un zumbido de desamor me fue agrietando;
ella para no morir sin voz lanzó poemas como palomas tristes,
y compartió su soledad llenando mi vientre de poetas;
ay, dulce pesadumbre, gongorianas romerías,
si alguna vez he sido presuntuosa,
ha sido cuando se abraza a mi respiración
todo ese oleaje espiritual, así mi frontispicio
se hizo verdeluz…
sí, vecinas, el señor de las palomas un día retornó
y hubo otra vez cierto aroma de frutas nuevas;
vinieron obreros a repellar mis agrietados muros,
no las heridas de ella (que jamás sanaron);
él trajo su orgullo de viajero y lo escuché decir:
“en Tampa también se sufre el sol sobre la piel…”
pero ella no presentía ya el fuego de su torso,
ni las sensuales palomas que bajaban de sus manos hacia ella,
se empotró demasiado el otoño en los broqueles
y ahora cuesta encendernos la mirada;
él remató con odas de tabaco y patria:
“mi casa está a pocos pasos de la del Apóstol”…
y supe entonces que su casa era aquella y no yo;
en fin, en el penúltimo día de los días, el señor se volvió a ir,
ambas sabíamos que para siempre.
Mírenme, vecinas, y no crean que estoy triste,
Es quizás un poco de lluvia otoñal humedeciendo eternamente mis paredes,
como lágrimas.

                                       Enero del 2011.

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