Muerte de Sor Juana Inés

Obeliscos, estrellas de un dormir que no culmina,
Tristísima mirada del arcángel Gabriel,
Luces espectrales, góticas vidrieras,
Pálpitos fulminantes del “Descendimiento”,
Febriles beatas debajo de la cruz,
Febriles beatas, queridísimas aves desaladas,
Temblorosas detrás de las sagradas puertas.
Tomos de Aristóteles, utensilios de medir los astros,
hierático óleo de Juan Diego y la Virgen,
(el nativo siempre conmovió a la musa).
Súbitas quejumbres como liras amargas,
Médicos que rompen la plenitud de los arcos,
la armonía sacra, pero el curso,
El leve paso del dormir que no culmina
Persiste en vencer con soñolientas armas,
Así las manos que urdían villancicos del coro
Cubren con tópicos de azucena
La piel de las beatas.
Espectrales luces desde elevadas vidrieras,
Ingles de manzana, agustinos mármoles,
murales del refectorio con el Juicio Final,
claustro de la musa y la Virgencita hierática
con nuevo rostro de dolor.
Harpócrates, Nictimene, angustiosa noche,
Accesos de tos como expansiones corales,
Pulmones, “imanes del viento, blandísimo arcaduz”;
Capillas de apagados fulgores,
Liturgia en cuarentena, gerónimas muriendo,
Cerámicas con temas salomónicos y sangrientas regurgitaciones;
Nichos abiertos en el patio, dilapidadas velas,
musa del Divino Narciso con una hermana
bajo el pecho; yo la más mínima criatura del mundo…
el santo patrono inconmovible desde una réplica de Durero,
extraña luz que desciende desde los góticos rosetones,
y el rostro de la Virgen con angelicales manchas
de púrpura y ocre; piramidal,
piramidal,
      piramidal,
             funesta.

Iván Borrero

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