Miríadas de ratas grises me inundaron el patio,
los restos de comida, el techo, mis noches…
diviso que vienen de regiones que no extermina el tiempo,
de donde la neblina de Homero encuentra ciudades sitiadas,
y legiones de aqueos enfermos y piras de cadáveres por la furia de Apolo;
tal vez aterradas huyeron en los últimos días de Troya
por el camino contrario al que fuese arrastrado el cuerpo de Héctor,
así vieron mis habitaciones encendidas; antes ocasionaron
consecutivas y mortales devastaciones en las tierras verdes de Egina,
debieron además pasar a los pies del Santo Sepulcro
en medio de la insólita luz de la Resurrección,
para descubrir después las bizantinas cloacas en los días de Justiniano;
sí, son las mismas ratas de Constantinopla,
los siglos jamás modificaron su rígida pelambre,
los turcos morían con los ganglios henchidos
y tan aterrados como ratas grises; Rattus norvegicus,
se me llena la casa de Rattus norvegicus, ratas de Florencia,
roedores que pasaron sobre la mesa de Giovanni Boccaccio
y mordieron irónicamente sobre los manuscritos,
por fortuna llegaron a la imprenta, -es decir, a este día
en que espanto las ratas grises de mi casa-
y consigo leer la pesadumbre aquella de los florentinos,
las calles debieron oler igual a cuando ardían
las piras de los cadáveres griegos. Y mi ciudad
se inunda de ratas, desde los alcantarillados
hasta los almacenes más pudorosos; ratas que sobrevivieron
al flautista de Hamelín, ratas que asesinaron
al rey Alfonso de Castilla (invencible frente a los musulmanes,
y derribado en el estrecho de Gibraltar por pulgas de rata),
avergonzadas ratas que partieron del convento de San Jerónimo
en las horas del Calvario de sor Juana Inés,
ratas que pasaron por sobre las botas de Hugo y Balzac
hacia el más brutal y putrefacto realismo de París;
(ratas genuinas, no como metáforas).
Todas usurpan mis paredes, se agolpan detrás de ellas,
se espantan con mis demonios
y huyen hacia otras putrefacciones del tiempo.
18 de febrero 2011
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