Madre, ya sé decir fervor,
y en el espejo blando la espada que fue durandel o excalibur;
la muerte tiene nuevas connotaciones
desde que descubrí el sabor de la cicuta;
ahora mientras duermo
el arquetipo de un tigre me acecha y me protege.
Aprendí a imaginar las formas inabarcables de Proteo;
ahora camino sobre puentes
que vuelan las líneas del tiempo,
exploro ciudades inciertas,
descifro a Heráclitos en todos los ríos,
me dejo arrastrar en la lujuria,
entre los cuerpos que reiteran
su ciclo nocturno y pitagórico.
Resucité en medio de los desechos
putrefactos de un combate;
recordé que mi país se llama Itaca,
lo que supone que habré de volver
de cualquier vientre de lobo,
lloraré al final, al divisar el horizonte ansiado;
no obstante, me seguiré llamando Nadie,
y humildemente aspiraré también
a ser digno del fabuloso Reino del olvido.
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