La barca, la montaña y el desfiladero
I
Avanza mi navío, flota, vence las tormentosas olas;
crece, invade las fronteras del mar; mi navío vuela bajo el horizonte,
sueña estaciones brutales, rapta doncellas que luego libera.
Mi navío cursa indetenible las rutas del mundo,
nadie lo contiene, ni mis propios impulsos o temores,
ni debilidades, mi navío avanza, se excitan sus velas con el sol y el viento;
desdeña el pasado, no van centinelas en popa, arroja al mar los trágicos amores,
a veces las tormentas parecen derribarlo,
pero gana espacio triunfal nuevamente;
mi navío es el paso certero del hombre,
lo que no vacila, lo que no se duerme en el curso de las aguas;
avanza, navega mi navío; aunque termine un día, olvidado y deshecho,
en las desoladas costas de un naufragio.
II
Un hombre va subiendo una montaña,
maravillado ve las nubes y las nieves,
y la silueta misteriosa y negra de un cóndor,
conmovido por la paz sublime que apreciaba en el cielo
se figuró alpinista y abandonó el hogar;
los viejos del pueblo le sugirieron cordura,
los amigos lo convidaron a envejecer calmosamente en una cervecera;
un poeta muerto puso en sus manos un pabellón blanco,
así empezó a ascender la majestuosa colina.
Un inspector de utopías puso precio a sus sueños, él pagó el impuesto y siguió subiendo.
Una paloma se posó en su hombro de huérfano Jesús,
un huracán empeoró el camino, pero siguió ascendiendo.
Una mujer con ternura del Génesis se brindó a cuidarlo,
-no busques la dicha tan lejos: la casa, la comida, los hijos,
a qué más?-
El sol incendió las laderas, y el hombre continuó subiendo.
El hambre le aturdía continuamente,
las sandalias se le despedazaron y prosiguió descalzo.
De noche padeció zarpazos de frío,
y cuando la soledad se le hacía irresistible,
los muertos de su vida le llegaban a la frente como mariposas.
Los vándalos le despojaron de la camisa, las pocas monedas
y sus mejores libros, pero le dejaron el banderín blanco;
al izarlo vio inscrito en la tela aliento de Resurrección:
“excelsior”,“excelsior”, y siguió subiendo.
Las rapiñas devoraban los cuerpos de aquellos que no volvieron,
los tramposos jugaron sus cartas,
lo vulgar se hizo regla, el miedo vocación;
la piedra de Sísifo siguió cayendo sucesivamente desde la montaña.
El hombre sigue subiendo, y una sierpe se clavó en su pie;
el cóndor aún daba vueltas alrededor de la cima de nubes y nieve,
una eclosión de vena alcanzó su garganta;
la soledad enfermó de muerte, pero continuó subiendo.
III
Voy por un desfiladero, me abrazo al cuerpo de la montaña,
no quiero caer, me aterra el abismo que yace bajo de mis pies;
yo sigo pasando por el angosto camino que a veces se desploma,
me aterra el abismo, pero no detengo mis pasos,
la tierra es movediza, me sujeto a las ramas endebles de algún árbol,
casi desciendo, casi me deslizo, casi soy uno más que la montaña derriba;
pero sigo prendido a su cuerpo, sigo pasando por un desfiladero
que invoca a la muerte, al suplicio, a la inmolación;
qué pasará si caigo, a quién le importarán mis huesos despedazados en el infinito;
si fuera un cobarde renegaría el camino,
si fuera un suicida escogería el abismo; sin embargo me sujeto más a la montaña,
la domino, la montó como una bestia salvaje y dócil a la vez;
se estrecha entre las nubes más y más el sendero,
y sigo pasando, ora derribándome, ora resurgiendo…
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Canción de Tristán
Otoño mío quién soy yo Si acudí a esta fiesta de soles Sobre una manga de viento Arroyo turbio quién soy yo Si caí en las aguas ariscas...
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Otoño mío quién soy yo Si acudí a esta fiesta de soles Sobre una manga de viento Arroyo turbio quién soy yo Si caí en las aguas ariscas...
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