Elegía a Ana Julia

En sus discursos de inicio del siglo y en el ocaso de su propio tiempo,
en el último desamparo del Hospital Militar, abuela paterna transitaba
lúcida, en la lucidez sagrada de quienes preservan a toda costa,
al menos los restos esenciales de la memoria, los mejores botines de su naufragio,
tristeza de despojos..., pero abuela transitaba a sus remotos parajes,
y era capaz de transmitirnos ese retroceder de conchas hacia las rocas
como un deshilar imaginario:
               
José Andrés Castillo, aquel practicante de enfermería,
descubrió cierta ternura de hojarasca en la mirada de Julia Vidal,
nada fue más importante en Victoria de las Tunas
que esperar por ella bajo el oro de algún leño,
o en el delirio de un verso neoclásico
que si jamás lo escribió, lo presintió en el rumor de convocarla:
_ Te convoco a amar las horas que van hacia el tiempo-océano;
te convoco a vivir sobre ese río infinito y sanguíneo _ Mientras,
las hojarascas de Julia se deslizaban juguetonas por la corriente…
Muchos años después de la guerra,
abuela paterna (la hija de Julia) miraba el lomo sanguíneo del agua,
estaba preñada, y el hijo mayor le ceñía la cintura;
pasabacn las mismas aguas que van al tiempo-océano,
el cauce que es la vida y la muerte,
“Heráclito: Pasaban los albañales del pueblo y tú no estabas”.
Las hojarascas de Julia pasan una y otra vez,
como por un río circular, incluso irrumpieron aquella noche de enemas y delirios,
a través de las persianas del Hospital Militar; fue cuando abuela paterna
vio en medio de la puerta a José Andrés Castillo;
tenía que ser él, vestía de practicante de enfermería
y poseía el semblante ancestral, la textura congénita;
vendría tal vez a llevársela para el tiempo circular.
Hija: “Te convoco a amar las horas que van hacia el tiempo-océano;
te convoco a vivir sobre ese río infinito y sanguíneo”.
                              Octubre 2007

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