Más de una vez pasó cerca del mar de los sargazos,
gustaba ver desde la proa las algas bogar sobre las aguas;
siguió la ruta de los viejos almirantes,
desembarcó en los muelles del Mediterráneo,
bebió los mejores licores del mundo,
conoció prostitutas coreanas, eslavas, irlandesas,
contrajo la malaria en Cabo Verde,
peleó a puños con un marinero de Creta,
vio los acantilados gigantes de Irlanda.
Y el que fue corsario de todos los mares
es ahora el silencioso paciente de la calle séptima;
se está muriendo con sus ojos de mundo
y una sonda anclada entre la próstata y la vejiga.
Y presiento cuando en su declive he sido su médico
que morirá Simbad sin revelar sus mejores secretos.
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