La meseta

               No apto para menores; obviamente, al maestro Lezama 

  Percibí el rumor de tus manos sobre el ajo
desde el umbral de la cocina,
percibí el olor que vendría de ti entre los múltiples olores;
el pescado nadaba en su salpicadura de aceite vegetal,
tú dabas la espalda a los vientos alisios y a mí
y te sorprendió mi abrazo;
a través de la ventana presentíamos alborotarse
los ramajes del jardín como tu pelo;
los besos comenzaron a irrumpir
entre el dorso de tus hombros y la nuca,
el Caballero Hidalgo del lunar
dejó de estarse cabizbajo y se dilató
igual que el pez que navegaba en la salpicadura.
Tú percibiste esos sagrados florecimientos
y juntaste más tu dorso al Caballero Hidalgo.
Se te desgranaban temblorosamente
entre los dedos los dientes de ajo,
y repuntaron los aromas de todas las especias.
Mis manos de corsario hicieron piruetas
en tu abdomen hasta tomar el rumbo sur,
donde hay textura de sensuales frutas.
Más allá se unen los ríos,
crece la humedad entre los brocales.
De repente renunciaste a la pasividad
y volviste el cuerpo a los vientos
que van a morir al sureste.
Cuerpo a cuerpo, y los ángeles
parecen quebrar la vajilla inglesa;
el plato de verduras se viró
y hubo un torrente de jugo de tomate,
justo cuando ascendías al lecho
de azulejos blancos, construido como las pirámides
(las pirámides y las mesetas se erigieron
a la medida de los hombres y no de los dioses).


 El Caballero Hidalgo del lunar
presumió de vida propia y comenzó
a serpentear sobre los azulejos blancos;
el riachuelo de jugo de tomate lo envolvió
ya casi frente a los brocales semiabiertos.
Los labios del norte se mordieron al unísono
cuando el Hidalgo atravesó los brocales;
en ese instante celestial volvió a derramarse
el plato de verduras, e inexplicablemente
la llave del fregadero. Nos olvidamos del pez
y descubrí tus pulsaciones acuáticas
que me aprisionaban en ciclos sucesivos;
el lunar recorría armoniosamente toda la gruta marina,
los pulsos del corazón eran como una danza,
sangre de remolacha se revolvía bajo la piel de tu rostro,
mientras el Caballero Hidalgo perseguía
las huellas de Ariadna en el laberinto.
Yo continuaba en pie frente a las pirámides,
y tus brocales abiertos a la marea
que se precipita contra las rocas,
a la danza del lunar por las paredes de tu carne;
finalmente el delirio del fuego fue alcanzando el cenit,
y desde la punta de la pirámides
los ángeles soltaron agudísimos gemidos;
sutilmente, se fueron serenando las ondas acuáticas,
y el Caballero Hidalgo fue reduciendo sus tensiones,
recogió su lunar del fondo marino;
las verduras estaban dispersas
como piezas de ajedrez en el azulejo;
olías a jugo de tomate, a magma del Atitlán,
a especias del Medio Oriente,
a labios en rocíos de equinoccio,
quedamos abrazados como algas
mientras que apaciblemente
se nos iban adormeciendo los ángeles.

                                                          Febrero 2013

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