Esto nos es poema anecdótico, esto en realidad ni existió, esto solo es mi condena contra la circuncisión femenina.
Tenía Eunice un cuerpo bravío
y se agitaban al verla mis potros de fuego;
una noche de selva bajé hasta su reino,
una noche en que África se desnudó para mí,
ébano salvaje, carne de sus senos,
nalgas con brillos de soles,
dureza de piernas de diosa
y en el centro ansiado de la flor erógena
percibí la ausencia de su dulces bordes
y del guardián vital. Comprendí
en silencio que la mutilaron
para que su carne no se sacudiera,
para que al desborde de los bríos míos
entrase al edén sin apenas verlo;
qué horripilante crimen a la armonía humana,
qué sangriento agravio contra la mujer;
pareciera que a la africana Eva
le tocara pagar más que ninguna… Eunice,
Eunice, besé su flor mutilada,
jamás lloré antes con el sexo en la boca,
mis labios sondearon las tristísimas ruinas,
desde el beso rebelde se volvió más roja la flor,
y se hinchó el velamen de sus trozos de labio,
se desbocaron mis potros
se incendiaron más sus soles salvajes;
y cuando por fin penetré al reino secreto
percibió extasiada esas sacudidas
que le prohibían los dioses.
“Eunice, Eunice, radiante flor,
No dejes de amar, no dejes de amar…”
Julio 2016
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