“La Palomera soñada”
Salía el sol y entre palomas y el boreal
lavaba en la azotea las prendas del marido;
nítidamente hermosa en esas horas del día
que tornaban translucidos sus pezones breves.
Días hubo de verla cruzarse en mi camino
y el oro de su cuerpo azuzar todas mis fieras;
irrumpí a imaginar el esplendor oculto
detrás de su ropa, y mil formas de atesorarla.
Se tornó criatura quebrantada de los sueños,
y aprendí ascender a la azotea de palomas,
y mientras lavaba, yo invadía sus espaldas.
Mientras el sueño y el sol hinchaban las pirámides
me hundía en la gruta de palomas misteriosas
hasta que el sol ya derretido nos descendía.
“La Palomera poseída”
Ahora sé que fui yo la criatura también
de sus propios sueños, de repente me vinieron
bandadas de palomas reales; y llamó
a mi puerta justo al expandirse las pirámides.
Ahora sé que el delirio soñado era el mismo
esplendor de los días ciertos, jamás fue ignota
la gruta de palomas recónditas, sabía
el ciclo de sus olas sobre mi erguida carne.
Sabía el pulso de su íntimo reino, la danza
animal que alborata las aguas; se soltaron
las olas, el gemir, las bandadas de palomas.
Se abrieron sus pupilas en una larga y última
empujada, y hubo una paulatina quietud
cuando el sol derretido corría por sus piernas.
“Entre los Ándes y mi verga”
Entre los Ándes y mi verga hay una nostalgia
de mujer, una ansiedad brutal de reinvadir
los mares, por qué será que con el tiempo vuelvo
anhelar los cuerpos que una vez borró la nieve.
Entre los Ándes y mi verga sigue volando
un cóndor; siguen naciendo unas ganas terribles
de adentrarme en sus conchas, en su copa de seda
y en el ardor que jamás lapidó la nevada.
Entre los Ándes y mi verga otras se cruzaron
sin culpa; las amé pulso a pulso hasta el fondo,
y al partir dejaban alientos de tierra sacra.
Entre los Ándes y mi verga una mujer anda
en zigzag y desnuda; y no se da cuenta que aún
me provoca en las cumbres los derrames de nieve.
“La dama y el armiño”
Lo primero que agarró fue mi armiño salvaje,
lo sacó a que la luz revelara sus contornos;
eran sus manos estilizadas y pequeñas,
como dedicadas a otras faenas más finas.
No obstante, abrazó con los dedos al fiero animal,
que en luna creciente expandió su cuello de cobra;
poco había besado mi rostro y ya forzaba
aros de fuego hasta la endiablada raíz.
Círculo tras otro, y los dioses subterráneos
acrecentaban los ánimos, bajo la piel
de la bestia pulsaron las celestiales venas.
Y justo cuando el maná se iba haciendo visible,
se abrió la boca depredadora de la dama,
que muy finamente englutió el cuerpo del armiño.
“Casablanca”
Cruzamos el mar en la legendaria góndola
y a los pies del Cristo crucifiqué el primer beso.
Allá en la bahía se perturbaron las aguas
y una anciana arrendó nuestras estancias marinas.
Se quedaron desnudas las algas y los peces,
el cuerpo de la nereida brillaba sin aún
rozar los desvaríos acuáticos; subió
la corriente hacia los paredones con musgos.
Los labios del norte y los labios del sur, se hacían
iguales de acuosos, y los pulpos en éxtasis
derramaron su tinta violácea en el agua.
Y cuando finalmente los peces pretendieron
desflorar las algas, descendió el pleamar
tan violentamente entre los peñascos y musgos.
“Casablanca retomada”
Cruzamos otra vez el mar, ya no dije góndola,
sino desesperante lancha, no me atreví
a mirarle los ojos a Cristo; y retornamos
a la costosa y simple posada de la vieja.
Se perturbaron de inmediato todas las aguas
en la abrillantada desnudez de la nereida;
puse esta vez el beso inaugural en los labios
del sur; y raudo se soltó el enjambre marino.
Me hice dueño total de la corriente, los pulpos
nos mancharon de lila, hasta que subió tanto
el mar que ya no se vieron; fui dueño del mar.
Hice redobles de algas, prolongué las zarpadas,
detuve los hondos impulsos, rajé la tierra
para que nos brotara Dios del fondo del mundo.
“La Exvirgen de Regla”
Era un hotel sin nombre, con las sábanas blancas
y nuevas; la ciudad estaba lejos, y abrió
sus piernas morenas para que le entrara el mar;
y pasaron las lluvias, y entraron las tormentas.
Raudamente se tornaron de rojo las aguas,
sobrenadaron juntos el goce y el dolor,
simulé ser experto de las olas brutales,
un viejo lobo marino dentro de su cuerpo.
El hotel jamás tuvo nombre, y no fueron más
nunca las sábanas nuevas ni blancas; y desde
entonces no dejó de abrir sus piernas morenas.
Siguieron entrándole las lluvias y los mares,
recordará o no las remotas tormentas, pero
nunca supo que también fue aquel mi primer día.
“La hiedra de Venus”
En los tiempos que la hiedra de Venus era moda,
Eva tenía un pubis pelirrojo, y salían
yerbas de fuego desde la boca de su templo.
Yo amaba los bosques en que jugaban mis manos.
Yo amaba las malezas pelirrojas o negras,
una jinete montaba entre claros de luna
sobre mí, y rayos de cielo acentuaban los tonos
oscuros en los zarzales que cuajan su vientre.
Gloriosa espesura vilmente talada; añoro
los bosques que guíaban por la ruta divina,
las majas desnudas con sus vellones sagrados.
Arácnidas flores que me trepaban los muslos
para dormitar finalmente en mi rostro, añoro
los restos del naufragio quedados en mi boca.
“La mujer de Lot”
Yo tuve bajo de mí a la mujer de Lot antes
que se hiciera sal; huellas dejé en la carne y el mármol,
alguna vez fue mirada larga, lujuriosa
e intrépida que no pude ni quise esquivar.
Alguna vez fue el trémulo beso que irrumpió
detrás de una puerta, la vecina que habitaba
en el fondo, y hasta el fondo de su carne fui,
otras fue el amor que no pudo estallar las piedras.
A veces Lot fue el borracho que avergonzó hasta
los perros de su casa; o el infeliz marido
con menos horas de ternura que de trabajo.
He amado bravíamente a la mujer del prójimo,
me atreví a convertirlas en amores sagrados,
pero qué terrible fue el día en que Lot fui yo.
“Sueños pervertidos”
He sido el gran sultán en mis sueños pervertidos,
me han rodeado más de mil mujeres en una
sola noche; un sinfín de manos acariciaron
mi carne bajo la luna que incendia los templos.
He sido el amante sin pudor, he besado labios
del norte mientras mis dedos en otra mujer
invaden los labios del sur, y al tiempo mi duende
vicioso sale y penetra las grutas furtivas.
Derramé sobre miles de bocas, el maná
que aviva las tierras, nunca he podido vivir
sin las lujurias, o sin los lúbricos abismos.
Jamás, ni en la realidad ni en sueños perversos
dejé de copular con el mundo, y qué será
entonces de mí, cuando a mi harem ya nadie venga.
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